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- El Mago
El Mago
es el número Uno, el número de la creación y de la individualidad; su
poder es la transformación por medio de la voluntad. El Mago puede tomar
la nada de la que surgió El Loco y darle forma de algo, haciendo Uno de
Cero. Sin duda, éste es un poder divino y, en realidad, el Mago es el
conducto de un poder superior, que domina todo el mundo material.
El nombre
de esta carta puede parecer raro ya que la palabra Mago evoca la imagen
de un ilusionista, cuyo único poder es la habilidad manual y la
desorientación. Sin embargo, en muchos aspectos el Mago es también
similar al ilusionista. Él está seguro de su destreza y de su habilidad
para producir los efectos que desea. Su poder real proviene de fuerzas
externas a él y no tiene poder sin estas fuentes, pues depende de quien
esté detrás del escenario. Sin un conducto, el poder en sí mismo es
impotente e inútil.
Con sus
poderes el mago tiene influencia sobre todo: teoría y práctica, lógica y
emoción, pensamiento y acción. El símbolo del infinito indica su poder
ilimitado, que le viene de fuentes externas, pero está bajo su control.
Su voluntad es un poder que, aunque puede ser sometido, nunca podrá ser
destruido. Mientras que el Loco era el potencial, la posibilidad de lo
positivo y de lo negativo, el mago es la unión de lo positivo y
negativo. Él crea y conserva; destruye y redime. El mago nos recuerda
que sólo desear no cambiará nada, pero una decisión puede cambiarlo
todo. El deseo de crear no es nada sin la habilidad de crear y
viceversa. Cuando aparece el mago, ello indica que usted está listo para
convertirse en conducto del poder, como él lo es. Ahora es el momento de
actuar, si usted sabe lo que quiere lograr y por qué. Si recientemente
ha fracasado, ahora puede convertir ese fracaso en éxito, tan fácil como
el mago transforma el fuego en agua. El efecto exterior más común de la
influencia del mago es el no poder ser influenciado y la confianza
total. Darse cuenta de que el mundo está bajo su control es lo que
inspira este tipo de confianza. El mensaje del mago después de todo es
sencillo. Su vida está bajo su control. Su vida es lo que usted quiere
que sea. Su vida es como usted la hace.
El mago
no sólo se vale del mundo físico para sus operaciones mágicas sino que
también crea el mundo, en el sentido de dar a la vida un significado y
una dirección. El mago es un pararrayos. Al abrirse al espíritu, lo
atrae hacia sí, y después esa mano que apunta hacia abajo, como un
pararrayos hundido en el suelo, hace que la energía defienda a la
tierra, a la realidad.
La fuerza
vital que llena al universo no es suave ni benigna. Es menester
descargarla, afirmarla en algo real, porque ni nuestro cuerpo ni nuestro
ser psíquico están hechos para almacenarla, sino solamente para
transmitirla. Por eso funcionamos mejor como canales de energía.
La única
forma en que realmente podemos aferrarnos al poder en la vida es estar
constantemente descargándolo, al liberar el poder creativo nos abrimos
para recibir un caudal nuevo. En cambio, si intentamos aferrarnos a él
bloqueamos los canales, y el sentimiento del poder-que es en realidad de
la vida misma-se marchita dentro de nosotros.
Los
significados adivinatorios del mago se derivan de ambas manos, la
que recibe el poder y la que lo dirige. La carta significa una
conciencia del poder en la propia vida, también puede significar la
reacción del consultante frente a alguien que lo acepta. Como El Loco,
esta carta se refiere a los comienzos, pero aquí la referencia es a los
primeros pasos efectivos. Puede aludir tanto a la inspiración para
iniciar algún nuevo proyecto o fase de la vida, como al entusiasmo que
nos sostiene a lo largo del duro trabajo que ha de conducirnos a nuestro
objetivo. En segundo lugar, el mago representa el poder de la voluntad;
la voluntad orientada y unificada a objetivos.
Desde el punto de vista de la Cábala,
el Aleph aparece bajo la imagen del Mago, lámina nº 1, carta indicadora
de potencialidades infinitas cuando aparece al inicio de un juego. El
Mago indicará que la persona es movida por una fuerza inconsciente y que
bajo ese impulso puede dar de sí algo extraordinario que sobrepasará su
medida humana. Si el Mago aparece "enterrado" en mitad de un juego,
puede ser anunciador de un peligro, ya que el Aleph, que es energía
pura, cuando surge inesperadamente en mitad de nuestra vida, lo que hace
esa energía es destruir lo edificado para volverlo a su estado
primordial, como si una bomba atómica cayera sobre nuestra realidad. Es
muy difícil canalizar positivamente la energía del Aleph, puesto que a
través de él Dios insufla Su voluntad en el hombre, poniendo en su alma
un designio que lo impulsa a abandonarlo todo para proceder a su
realización. Dicen los cabalistas que Aleph es vida-muerte-vida, en el
sentido de que, siendo la fuerza que produce la vida, es también la que
destruye toda cristalización.
La
carta invertida significa que de alguna manera la corriente de
energía se ha visto perturbada o bloqueada. El poder está ahí, pero no
tenemos acceso a él. Puede señalar la apatía aletargada que caracteriza
a la depresión. También puede aludir a un abuso de poder, a una persona
que se vale de un carácter muy fuerte para ejercer una influencia
destructiva sobre otras. Invertido también indica inquietud mental,
alucinaciones, miedo, especialmente a la locura. Cuando aparece
invertido, al mago no hay que negarlo desterrándolo o confinándolo; en
cambio, debemos encontrar la manera de volver a ponerlo en su posición
correcta.
PUNTO
DE VISTA JUNGUIANO
La magia
de la conciencia humana es una espada de doble filo. Podemos usarla
tanto para construir un nuevo mundo como para abrir con ella una caja de
Pandora llena de ocultos demonios que pueden destruir nuestro mundo y la
vida de este planeta.
La
tentación de dar un uso inadecuado al poder es un aspecto oculto de cada
una de las figuras arquetípicas; dado que en el mago este poder es tan
primitivo y sutil, esta tentación se convierte en su bestia negra. Quizá
una confirmación de ello sea que la carta número 15, el diablo, la vamos
a encontrar como la sombra del mago. En la terminología de Jung, la
sombra es una figura que se nos aparece en sueños, en las fantasías y en
las realidades externas; encarna cualidades de nosotros mismos que
preferimos no reconocer como nuestras, pues, de hacerlo así, nuestra
propia imagen quedaría de alguna manera ensombrecida. Así pues,
proyectamos esas imágenes aparentemente negativas hacia otra persona.
Esta persona es la que siempre nos persigue en nuestros sueños,
perturbando el ambiente con sus hechos o dichos inadecuados e incluso
con insinuaciones demoníacas.
En la
realidad exterior, la persona sobre la cual proyectamos nuestras sombras
actúa constantemente como agente irritante. Casi todo lo que dice o hace
nos sienta mal, su más mínima insinuación puede caernos tan mal que ello
perdura un tiempo exagerado en nuestra conciencia, días, meses, incluso
años. No nos va a dejar, de modo que nos hallaremos siempre involucrados
emocionalmente con esta personalidad desagradable. Sucede a menudo que
este contacto parece interno y externo a la vez y que, casi por arte de
magia negra, esta persona a la que no quisiéramos ver nunca más está
persistente e irracionalmente incordiándonos en nuestra vida diaria.
Quedan
esclavas de la magia de la proyección, no sólo las características
negativas que nos pertenecen, sino también muchas de nuestras potencias
positivas y, como veremos pronto, si pretendemos reclamar estas
potencias positivas como nuestras, antes tenemos que aceptar también las
negativas. Llegar a conocer y aceptar nuestra sombra como aspecto de
nosotros mismos es un primer paso importante para el auto conocimiento y
la plenitud. Sin nuestra sombra, no seríamos más que seres
bidimensionales, planos, sin volumen, de papel, sin sustancia.
Es
difícil abrirnos al conocimiento de nuestra sombra y a la aceptación de
ésta como miembro de nuestra familia interior, pero a veces resulta más
fácil de lo que creemos. Pues cuando llegamos a conocer este aspecto
oscuro nos damos cuenta de que la mayor parte de las veces la tristeza
que nos proporcionaba se debía al hecho de que habitaba lo más oscuro de
nuestro consciente. A medida que la dejamos aparecerá la luz, nos
percatamos de que sus más molestas cualidades parecen más ligeras y
soportables. Pero por el momento (que puede significar toda una vida),
la sombra se verá en algún lugar, ya que estas energías, al ser
concebidas para resistir, se convertirán gradualmente en poderes más
creativos y nos darán el coraje y la fuerza de buscar cada vez más y más
hondo en nuestra propia oscuridad en busca de nuevas figuras de sombras.
Dado que
las figuras de las sombras pueden aparecer disfrazadas de mil maneras,
luchar con ellas va a ser una batalla constante. Tan pronto como
reconozcamos y aceptemos uno de estos aspectos reflejado en una persona
conocida o familiar, surgirá de nuevo bajo una nueva forma. No será ya
el vecino de la casa de al lado, esta vez será un pariente lejano quién
va a afilar nuestros dientes. Otra vez vamos a sentirnos fascinados,
obsesionados y embrujados. Esta vez, nos toma precavidos. Antes de
dejarnos tentar en vano, deberíamos consultar nuestro mago interior y
convencerle de que deje de jugarnos estas malas pasadas. Si lo hacemos
con firmeza pero con cortesía puede ser, incluso, que nos ayude a
identificar esa parte de nosotros que se halla fuera, al otro lado de la
calle. Por suerte no vamos a tener que identificar jamás al diablo como
nuestra sombra, ni vamos a proyectar el peso total de su sombra sobre
ningún vecino.
Quizá
nuestro vecino pueda, a veces, encarnar nuestra propia sombra pero el
diablo, en terminología Junguiana, representa siempre la sombra
colectiva, lo que significa una sombra tan grande y tan abarcadora que
sólo la puede soportar colectivamente toda la humanidad.
Ninguna
de estas dos fuerzas nos pertenece personalmente: ni la creatividad
sobrehumana del mago, ni la infrahumana destructividad del diablo. Son
ambas figuras arquetípicas que representan tendencias instintivas cuyo
poder se halla más allá de nuestro alcance. Sin embargo, poseemos cada
uno algo de la magia de la conciencia y para demostrarlo tenemos las mil
tentaciones demoníacas que queremos rehuir. Para resistirse a estas
tentaciones se requiere un alto grado de disciplina y de
autoconocimiento.
La prueba
más evidente que tenemos de que somos nosotros los que vemos el mundo
objetivo, es la que ofrecen los científicos en sus experimentos
referentes a la luz.
Hay dos
pruebas concluyentes de dos distintas tendencias (las dos igualmente
válidas), las cuales afirman que la naturaleza de la luz está
constituida por ondas, para unos, y para otros por corpúsculos. A pesar
de los esfuerzos realizados, estos hechos científicos tan diametralmente
opuestos rechazan ser reconciliados. La luz verdadera no va a darse a
conocer a nosotros, la esencia última de la naturaleza permanecerá
velada, dicen los científicos; ¡No será la naturaleza la que se revele a
sí misma!
El
defecto, dicen ellos, no estriba en los aparatos que el hombre ha hecho
para observar la realidad exterior, sino que está en el hombre, en sí
mismo, en la limitación de su aparato sensorial. No hay instrumento por
perfecto que sea, capaz de mostrarnos la realidad oculta. Parece que
vamos a quedar condenados a experimentar la naturaleza de la luz como
ondas y como corpúsculos, lo cual no atañe en absoluto al mundo de allá,
pero sí al de aquí, nuestro mundo psicofísico.
Somos
nosotros mismos los que creamos el mundo. La naturaleza es y seguirá
siendo un misterio. Al igual que la luz, nuestra mente también presenta
una dualidad que está tan arraigada que a veces experimentamos nuestro
mundo como exterior y a veces como interior.
Por
ejemplo:
casi todos nosotros podemos citar ejemplos de experiencias en las que un
modelo interior correspondió de repente a un hecho externo de modo
milagroso y sin que se pudiera establecer ninguna conexión causal entre
los dos hechos. En estas situaciones una imagen interior se materializa
de repente como realidad exterior, como por obra de un conjuro. Por
ejemplo, a veces nos hemos sentido perseguidos por la imagen de una
amistad de la infancia a quien no veíamos desde hacía más de veinte años
y de repente, de no sabemos dónde, recibimos una carta, una llamada o
una visita de este amigo. Sincronicidad es la palabra que Jung
utilizó para describir este hecho, esta coincidencia entre un estado
interno y una realidad externa. Por fenómenos sincrónicos, Jung
quiso significar la coincidencia significativa de un hecho físico y otro
psíquico que no pueden conectarse entre sí y que están separados en el
tiempo y en el espacio (por ejemplo, un sueño con la realidad y el
acontecimiento que predicen). Estas coincidencias surgen del hecho de
que para nuestra conciencia, espacio, tiempo y causalidad, que son
condicionantes discretos de un suceso, se relativizan o quedan abolidos
en el inconsciente, como ha quedado satisfactoriamente demostrado por
los experimentos de percepciones extrasensoriales de J. B. Rhine.
La
conciencia separa en el proceso lo que en el inconsciente está todavía
unido, oscureciendo o disolviendo la interrelación original de los
acontecimientos en su gran unidad. Supongamos que el mundo unitario
irrumpe en nuestro mundo cotidiano de tiempo y espacio, causándonos
alguna de estas sorpresas, podemos pensar entonces que es nuestro mago
interior el responsable. Cada vez que uno de estos fenómenos de
sincronicidad se introduce en nuestro complaciente y ordenado mundo, es
como una sacudida que nos obliga a reflexionar sobre el hecho y buscarle
su posible significado.
En su
trabajo como pionero en este campo, Jung definió la sincronicidad
como una conciencia llena de significado. Después sustituyó la idea de
significados pre-existentes por el concepto más objetivo de desorden sin
causa. En el mundo del inconsciente colectivo, el arquetipo se ve como
el factor que pone orden; el significado es una cualidad que el hombre
ha de crear por sí mismo. “La experiencia nos muestra que los
fenómenos de sincronicidad suelen darse cuando nos encontramos cerca de
un acontecimiento arquetípico, como la muerte, un peligro mortal,
crisis, catástrofes...”
“...
podría decirse que el paralelismo inesperado entre acontecimientos
físicos y psíquicos que caracteriza a estos fenómenos, el paradójico
arquetipo psicoide se ha ordenado por sí mismo: aquí como imagen
psíquica y allá como un hecho físico material y externo”.
Dado que
sabemos que el proceso de la conciencia consiste en la percepción de los
supuestos que se revelan uno a otro, un fenómeno de sincronicidad
podría entenderse como una manera desacostumbrada de hacerse consciente
de un arquetipo.
No cabe
duda entonces de que los acontecimientos sincrónicos se dan mucho más a
menudo de lo que nos imaginamos, y que todo parece probar que deberíamos
estar más atentos a ellos para nuestro provecho. Como suele suceder con
estos hechos milagrosos, el esfuerzo que hacemos para entender su
significado real es muy gratificador. Dado que estos hechos de
sincronicidad son el mejor método que tiene nuestro mago interior para
comunicarse con nosotros, es importante aprender a descifrar su oculto
lenguaje. Por suerte, antes de que esta situación nos haga sentir
especiales, nos encontramos con la siguiente advertencia de Jung: "Los
milagros atraen solamente la comprensión de aquellos que no pueden
percibir su significado. Son simples sustitutos para la incomprendida
realidad del espíritu. No quiero decir con esto que la presencia viva
del espíritu no se vea acompañada ocasionalmente por el acontecer de
hechos físicos maravillosos. Solamente quiero subrayar que estos hechos
no pueden ni reemplazar ni esclarecer la comprensión del espíritu que es
lo único esencial". Como dice Jung, cuando se producen sincronicidades
eso significa que se ha activado un poder arquetípico. Dado que los
arcanos del Tarot simbolizan estos poderes, es comprensible que
estimulen acontecimientos de este tipo. Si usted va a hacer un cuaderno
de notas del Tarot, es importante que coleccione todas las experiencias
que se relacionen con estos hechos.
Una
antigua máxima de la alquimia dice: "lo que el alma imagina, sucede
solamente en la mente, pero lo que Dios imagina, sucede en la realidad".
Cuando el mundo unitario irrumpe en nuestro consciente, quizás es cuando
vislumbramos por momento el mundo tal como Dios lo imaginó. Las imágenes
arquetípicas que aparecen en nuestros sueños mientras nuestra mente
consciente está desconectada vienen de niveles más profundos de la
psique y es más difícil identificarlas. Aquí puede ayudarnos nuevamente
el mago, enseñándonos el truco por el cual introducirnos en su mundo del
sueño.
El primer
paso, es que recordemos nuestros sueños. Dado que estas imágenes soñadas
juegan un papel tan amplio en la conformación de nuestras vidas, nos
importa sobremanera conocerlas. Los veintidós arcanos del Tarot muestran
personalidades y situaciones arquetípicas. Al conocer estas figuras,
aprendemos a reconocerlas cuando aparezcan en nuestros sueños. El
prestar atención a nuestros sueños, aunque no hagamos otra cosa con
ellos, tendrá un efecto sobre nuestras vidas. Según nos comportemos con
el inconsciente, así se comportará él con nosotros. Los personajes de
nuestros sueños, como los familiares y amigos han de tomarse en serio.
Les gusta sentir que sentimos interés por ellos y por lo que hacen, que
nos afecta tanto como a ellos. El mago es el que nos ayuda a conectarnos
con el mundo de los sueños. El loco entra y sale de nuestras vidas
ocasionalmente, el mago se queda adelante de nosotros. El loco puede
traernos sueños aparentemente imposibles, pero el mago los hará aparecer
sobre la mesa para someterlos a nuestra consideración. Es él quien nos
ayuda a hacer que nuestros
sueños se hagan realidad. Entonces, ¿qué esperamos para lograrlo?
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